La innegociable capital indivisible del Estado del pueblo judío

ב״ה

 

En el año 167 a.E.C. el rey del Imperio Seleúcida Antíoco IV Epifanes – se auto proclamó Epifanes que significa dios manifestado aunque sus opositores lo llamaban Epumanes (demente) -, ocupó Jerusalén y asesinó a miles de personas entregando la ciudad a un gobernador griego y a Menelao, un judío local que había sobornado al Rey seléucida para ostentar el sumo saerdocio.

Era la época dorada para la cultura helenística en Judea y estaba invadiendo a pasos agigantados toda la región. Entre la población judía los jóvenes aceptaban este nuevo estilo de vida e intentaban compaginarlo con su judaísmo, hecho por el cual muchos optaron por utilizar dos nombres; griego y hebreo. No así los judíos más conservadores que repudiaban esta cultura en todas sus formas.

Cuando Antíoco IV se echó sobre Jerusalén castigó a la población prohibiendo el judaísmo por la negativa judía de ofrecer sacrificios en su honor. Esta negativa se debió en parte al expolio que Antíoco IV realizó en el Templo para subvencionar las guerras contra los partos.

Por tal afrenta Epumanes prohibió el sacrificio en el templo, guardar el Shabat, el ritual de circuncisión y la alimentación kosher, además de haber profanado el Templo con sangre de cerdo.

El 6 de diciembre del mismo año, hace exactamente hoy dos mil ciento ochenta y cuatro años Antíoco IV consagró el Templo a Zeus y obligó a los sacerdotes a ofrecer un sacrificio en el interior del Templo a su persona como rey-dios.

Los judíos que practicaban Shabat eran crucificados o quemados vivos y las madres que circuncidaban a sus bebés eran lanzadas junto a ellos por las murallas de Jerusalén. Estas y otras calamidades hicieron despertar un sentimiento apocalíptico entre la población judía que ansiaba desesperada la llegada de un mesías que nunca vino. Sin embargo estos dramáticos acontecimientos dieron lugar a una revuelta judía que conllevó no solo la liberación por parte de Judas “el Martillo” – Macabeo – del Templo de Jerusalén, sino también la recuperación de la soberanía e independencia judía sobre Judea en el año 164 a.E.C. y que conmemoramos hasta el día de hoy en la festividad de Januká.

Hasta la invasión de Pompeyo en el año 64 d.E.C., Jerusalén continuó independiente bajo soberanía judía  salvo un corto período de tiempo en el cual los seléucidas después de matar a Judas Macabeo ocuparon de nuevo Jerusalén pero que fue liberada por su hermano Jonathan Macabeo en el 152 a.E.C.

Tras la ocupación romana Jerusalén fue una simple ciudad bajo distintos imperios: la dinastía Omeya (661-750), califato Abasí (750-945), turcos selyúcidas (1037-1157), dominio cruzado (1098, 1099-1187 – este último único período de la historia que Jerusalén es capital cristiana –), después bajo dominio de Saladino estableciendo la dinastía de los ayubíes (1171-1250), Mamelucos (1250-1517), bajo el Imperio Otomano (1517-1923), pasando a ser parte del Protectorado Británico en 1920 y más tarde controlada por el reino Hachemita de Jordania (1950-1967), hasta su liberación por tropas israelíes en junio de 1967. En 1980 la Knesset – Parlamento israelí – aprobó la Ley Básica de Jerusalén que declaraba Jerusalén como Capital de Israel, “completa y unida“, además de comprometerse a la protección de todos los santos lugares. Cabe añadir que esta Ley carece de legalidad fuera de Israel debido a que la anexión israelí tras la Guerra de los Seis Días fue ilegal de cara a la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas – resolución no vinculante (hasta 1979) – y la Resolución 478resolución no vinculante -.

En vista de la Ley Básica, la mayoría de las embajadas en Jerusalén se trasladaron a Tel Aviv como protesta y tras la Resolución 478 – y por miedo a un nuevo boicot árabe con el petróleo -, el resto de embajadas fueron trasladándose progresivamente a Tel Aviv.

En 1995 el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Ley Jerusalem Embassy Act la cual declaraba que “Jerusalén debe ser reconocida como la capital del Estado de Israel, y la embajada de estadounidense deberá de establecer en Jerusalén no más tarde del 31 de mayo de 1999“.

Dos décadas después y en este día del recuerdo, en el que Antíoco IV el demente  profanase el Templo de Jerusalén tras suprimir el judaísmo en la capital judía, y lanzar a las mujeres judías junto con sus bebés por las murallas de Jerusalén, dos mil ciento ochenta y cuatro años después el presidente del país más poderoso del mundo reconoce a Jerusalén como la capital del Estado judío.

Esta decisión creará problemas a nivel internacional y se desarrollarán nuevos conflictos, nuevas amenazas. Pero que Trump finalmente traslade la embajada a Jerusalén no será el detonante de una nueva Intifada, como tampoco lo fue la visita de Ariel Sharón z”l al Monte del Templo. La parte palestina no quiere negociar con Israel porque es sabido que Jerusalén ya no estará sobre la mesa. Nunca en los tres mil años de historia judía de Jerusalén ésta fue dividida para ser capital de dos Estados. ¿Por qué aceptar las exigencias de un pueblo cuya conciencia nacional no supera el medio siglo de existencia?

Jerusalén es y será la innegociable capital indivisible del Estado del pueblo judío.

Thanks mr President.

 

Yom jamishí 19 de Kislev de 5778
Miércoles, 6 de diciembre de 2017

דוד יאבו
David D. Yabo

 

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