Januká, el orgullo de la nación judía

ב”ה

En la festividad de Januká encendemos cada noche durante una semana una vela de nuestra janukiá (candelabro de ocho brazos), para recordar los sucesos ocurridos hace dos mil ciento ochenta y tres años en Jerusalén. Pero Januká es mucho más que un encendido de velas. Es, desde el punto de vista histórico, la primera gran guerra de liberación nacional del pueblo judío en nuestra patria ancestral.

Contexto histórico

En junio del año 323 a. e. c. Alejandro Magno muere en Babilonia sin descendencia, por lo que sus generales comienzan a luchar por el poder. Tras veinte años de conflicto, en la que Jerusalén cambió de dueño hasta en seis ocasiones, el vasto Imperio de Alejandro se dividió en cuatro más pequeños: Macedonio, Asia menor, Ptolemaico (Egipto) y Seléucida (Asia).

Bajo el imperio Ptolomeo, Jerusalén se mantuvo como un pequeño estado independiente. Durante esta época, en Alejandría se tradujo el Tanaj -Biblia hebrea-, al griego koiné siendo posible con ello su lectura a nivel global.

Tiempo después Antíoco el Grande, rey del Imperio Seléucida, conquista Jerusalén en el año 201 a. e. c.  Promete reparar el Segundo Templo y reafirma el derecho de los judíos al autogobierno. Nunca antes la capital judía había disfrutado de un conquistador tan indulgente y, bajo el gobierno de Simón el Justo, comenzaba así una breve “Edad de Oro judía”.

El Imperio Seléucida tenía como objetivo primordial recaudar fondos para continuar sus campañas militares, reconquistar y reunificar el vasto imperio de  Alejandro Magno. Tras Jerusalén Antíoco parte hacia Asia Menor y Grecia con la intención de conquistarlas, pero Roma hunde sus planes y el rey seléucida depone sus armas, huye al Este y es asesinado mientras saqueaba un templo persa para poder pagar a sus tropas. Su hijo fue enviado a Roma como rehén.

Mientras tanto Jerusalén, que gozaba de cierta independencia, va tornándose lenta e inevitablemente en  una teocracia…

Con el objetivo de reclamar el trono, Antíoco IV parte hacia Antioquía, capital del Imperio seléucida, y con aires de superioridad y embriagado de poder se autoproclama Antíoco Epifanes -dios manifiesto-, pero sus opositores lo acabarán llamando Antíoco Epumanes -demente -.

Antíoco IV comienza a imponer drásticamente la cultura helena no solo en Jerusalén sino en toda Judea. Los judíos judaítas -esto es, de Judea-, prefieren mantener, por el momento, un perfil bajo ya que compartiendo la cultura de sus nuevos amos, imaginaban, evitarían problemas en el futuro. Los jóvenes comienzan a utilizar nombres hebreos y griegos para demostrar que pueden mantener la cultura griega y seguir siendo judíos, mientras que los judíos más observantes de la ley judía se niegan a añadir un segundo nombre griego y rechazan, de forma incondicional, esta nueva cultura por miedo a la asimilación del pueblo judío.

Comienzan así las primeras brechas sociales entre fieles judíos y judíos helenistas.

Antíoco IV asumió ilegalmente el poder de asignar el cargo de Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalén, y con el cambio de rey surgen inevitablemente nuevos cambios dentro del mundo religioso judío de la ciudad. El Sumo Sacerdote Onias III se desplaza junto con su hermano Jasón hasta Antioquía para que Antíoco IV diese su aprobación de continuar en el cargo, sin embargo y tras una mayor y muy disputada puja el rey seleúcida convierte a Jasón en el nuevo Sumo Sacerdote.

Jasón impone una serie de reformas que hace aumentar más la brecha entre observantes y helenistas:

  • Hace llamar a Jerusalén Antioquía – Hyerosolima
  • Construye un gimnasio, una gran ofensa para los judíos conservadores.
  • Cambia la imagen de una ciudad judía a una polis griega.

Pese a que estas y otras reformas fueron muy polémicas, la mayoría de los judíos las aceptaron para evitar ser aniquilados por un rey que jugaba a ser un dios, lo que conllevó al aumento de la asimilación entre la población judía, aumentando así el conflicto entre la población local.

Mientras la brecha cultural seguía en ascenso, el Sumo Sacerdote Jasón encargó a Menelao llevar el dinero de su puja a Antioquía. Sin embargo antes de partir de Jerusalén roba el dinero del Templo para ofrecer una puja mas alta y hacerse con el Sumo Sacerdocio. Cuando regresa a Jerusalén, ya como Sumo Sacerdote, la indignación que causa entre la población judía observante es devastadora debido a que Menelao no cumple el requisito indispensable para ostentar dicho cargo; ser descendiente de Sadoc, una dinastía de sacerdotes que de forma ininterrumpida, desde la época del Rey Salomón, ofrecían sacrificios al Templo. Con el fin de evitar el reclamo del pueblo por la restitución de Onias III como Sumo Sacerdote, Menelao orquesta su asesinato.

Una tensa calma en la región le permite a Antíoco IV continuar su misión de restablecer el Imperio de Alejandro Magno y parque hacia Egipto para conquistarla, sin embargo en mitad de la campaña estalla una revuelta en Jerusalén dirigida por Jasón. Antíoco IV regresa y tras aplacar la rebelión deporta a cien mil judíos y, junto al Sumo Sacerdote Menelao, entra en el Templo para robar los utensilios sagrados y parte del oro para costear nuevas conquistas. Como castigo por su rebeldía impone a los judíos que celebren un sacrificio en su honor como rey-dios, para muchos la gota que colma el vaso y el preludio a la primera gran guerra de liberación judía. La negativa judía a profanar el nombre de Dios da como resultado por parte de Antíoco Epumanes la erradicación del judaísmo de la región.

Preludio de la primera gran guerra de liberación judía

En el año 167 a. e. c. Antíoco IV asalta Jerusalén y asesina a miles de judíos, destruye murallas, barrios enteros y entrega la ciudad al Sumo Sacerdote Menelao y a un colaborador griego. La prohibición del judaísmo es oficial. Los judíos no podrán continuar con los sacrificios en el Templo, respetar el Shabat, circuncidar a sus hijos o tomar alimentos kosher bajo pena de muerte. No satisfecho, Antíoco el demente mancilla el Templo con sangre de cerdo. En su espiral de odio hacia el judaísmo (el 6 de diciembre del mismo año), en el Templo de Jerusalén levanta una estatua de Zeus y en el altar se le ofrece un sacrificio como rey-dios.

A pesar de todas estas prohibiciones los judíos continuaban practicando judaísmo. Los que eran descubiertos guardando el Shabat eran quemados vivos, las mujeres que circuncidaban a sus hijos eran lanzadas junto con sus bebés sobre las murallas de Jerusalén. Las crucifixiones estaban a la orden del día. Tal era la agonía que el pueblo desesperado suplicaba a Dios un mesías para que lo liberase ante este cruento proceso de helenización de toda Judea.

Pero he aquí que en Modi’in -a 30 kilómetros al noreste de Jerusalén-, un sacerdote judío llamado Matishyahu -Matatías-, es llamado por el gobernador heleno para que ofrezca un sacrificio al rey demente. Matishyahu se niega en rotundo y otro judío decide ofrecerlo en su lugar que, encolerizado por tal afrenta, el sacerdote coge un cuchillo y se lo clava al traidor. En ese mismo instante también mata al gobernador y destruye el altar para el sacrificio. Junto con sus cinco hijos huye hacia los Montes de Judea y cientos de judíos se unirán para hacer frente al invasor heleno. Pequeños enfrentamientos van sucediéndose, lo que motiva a que más judíos vayan uniéndose a la milicia. Matishyahu muere poco después y es sucedido por su tercer hijo Yehudá haMacabi -Judas Macabeo-, que al mando de un diminuto ejército logra derrotar a tres ejércitos seleúcidas.

Antíoco IV se da cuenta demasiado tarde que la revuelta judía va ganando adeptos y aumentando en victorias, por lo que decide poner rumbo a Judea para restaurar la libertad de culto judío con el fin de calmar la situación. No llegará a su destino cayendo enfermo y muriendo por ello en el camino.

En el año 164 a. e. c. Yehudá haMacabi conquista Jerusalén y se restablece la plena soberanía sobre Judea cuatro siglos después de perderla a manos de Nabucodonosor II. El líder Macabeo observa el Templo profanado, quema incienso y preside la reanudación de sacrificios, y con aceite virgen inaugura el Templo de Jerusalén.

A su muerte, en el año 160 a. e. c. en la batalla de Elasa -“¡nada de huir ante el enemigo1!”-, le sucederá su hermano Yehonatán -Jonatán-, que continuará reconquistando la Tierra de Israel hasta su secuestro y asesinato en el 143. Sim’on -Simón-, el último hermano, asumirá su puesto e instaurará la dinastía Hasmonea.

Juan Hircano I ampliará notablemente el territorio, y tras su muerte Aristóbulo I, primer Rey de Judea de la dinastía Hasmonea, sólo gobernará un año, dejando el reino en manos de su viuda Salomé Alejandra (76 al 67 a. e. c.), quien después se casó con su cuñado Alejandro Janeo.

Salomé Alejandra (Shlomtzion), gobernó junto a su marido Alejandro Janeo hasta la muerte de éste en el 76 a. e. c.

Se convirtió así en la primera mujer en gobernar Jerusalén desde Atalía (842 al 835 a. e. c.). Mientras reinaba, su hijo Juan Hircano II fue Sumo Sacerdote.

Feliz inauguración, Feliz januká.

 

1 . 1 Libro de Macabeos 9:10
2.  La dinastía hasmonea continuó hasta el año 37 d. e. c. con la muerte por decapitación en Antioquía, ordenada por Marco Antonio, de Antígono Matatías, Rey de Judea (40-37)

 

Yom shlishí 24 de Kislev de 5778
Martes, 12 de diciembre de 2017

דוד יאבו
David D. Yabo

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